Distance



We have lost the taste for perception. We want to see everything, with the greatest clarity and not miss a single detail. Energy, transportation, businesses, construction, satellites, connection, networks, lighting, knowledge, speed, communication, screen, resolution, zoom: these days everything is an effort to "bring closer", as if distance had suddenly become the enemy. In this beginning of the century not having everything at hand is a sign of backwardness and a cause for shame (individual, communal, national), and not knowing everything is badly seen. But we forget what is "badly seen" allows us always to know something different. We ignore that simple observation, sometimes, can be much richer than experimentation. For, by its limitations, sight invites and opens the door to imagination, while in a [complete] experience the victory of the senses kills all fantasy.
That is the evolutionary battle between knowledge and imagination, the irony of which we are witnesses with our own senses. Because, who can deny the fog inspires the most when it prevents us from seeing the top of the mountain, than when we climb to the top and are able to perceive how it disperses? And if we look at the sea when we travel by car along a coast, isn't it true that only from a distance we can appreciate all shades of blue —from the brightest to the deepest— that light and depth create on the water’s surface? And yet the impetuous man doesn't know what to do with everything he admires but can't hold between his hands. What he observes from a distance is not enough and he is seldom able to remain still; he is instead driven by the anguish to grab it all and prefers to move closer. He figures if the blue from the water seems so fresh from so far away, much more should it be if he can just reach it. He wishes to be there —for being, let’s not forget, is just another way of having— and so he decides to shorten the distance and walk from the road down to the beach, but as he reaches the sand he realizes all color has disappeared and notices how, as he stands on the sea shore, his feet are covered time and again by diluted waves of transparent water. Still he does not understand. Still he continues to move forward. And he goes further, until the sea surrounds him by the waist and discovers —looking down with disappointment— that the turquoise blue is no longer on the surface of the water and has now moved to the bottom of the sea. He submerges with desperation, swims deep into the ocean trying to reach that blue, and then looks around him: it is now a navy blue that surrounds his body completely, and yet, he still can't touch it, still hasn’t shortened any distance. He realizes there is an imposible, transparent, insurmountable space that exists between him and the sea. And right there, under water, is when he finally understands the illusion that constitutes the nature of distance. But it's already too late for him. He has nowhere to go. He’s run out of air and has drowned himself.
Too many impulsive people sink in the exact same way and only few know how to stay on the shore and observe with serenity. The latter are the sensible ones, the reflective ones; some who understand the illusion of distance —far from being disappointing— is quite exciting, and comprehend that true deception is more likely to happen in proximity. There are only a few who have not yet lost the taste for remoteness and still trust the distance to fill them with peace. [2018]



La Distancia



Hemos perdido el gusto por percibir. Queremos verlo todo, con la mayor nitidez y sin perder detalle. Energía, transporte, construcción, negocios, satélites, conexión, redes, iluminación, conocimiento, velocidad, comunicación, pantalla, resolución, zoom: hoy todo es esfuerzo para acercar, como si la distancia fuera el enemigo. En este comienzo de siglo no tener todo a mano es señal de atraso y motivo de vergüenza (individual, comunitaria, nacional), y no saberlo todo también está mal visto. Pero olvidamos que lo mal visto nos permite conocer algo distinto. Ignoramos ya que la simple observación, en ocasiones, puede ser mucho más rica que la experimentación pues, por sus limitaciones, la vista invita y abre paso a la imaginación, mientras que en la experiencia (completa) la victoria de los sentidos acaba con toda fantasía.
Esa es la batalla evolutiva que libran el conocimiento y la imaginación, la ironía de la que somos testigos con nuestros propios sentidos. Porque, ¿quién puede negar que la niebla nos inspira más cuando nos impide ver la cima de la montaña, que cuando subimos hasta lo alto y la bruma parece dispersarse? ¿No es cierto que, cuando hemos llegado allá arriba, lo que entonces nos interesa es lo que vemos a lo lejos? Y si nos fijamos en el mar cuando viajamos por carretera a lo largo de una costa, ¿no es cierto que sólo desde la distancia podemos apreciar todos los tonos de azul —desde el más brillante hasta el más profundo— que la luz y la profundidad saben fabricar sobre la superficie del agua? Pero el hombre impetuoso no sabe qué hacer con aquello que admira y no puede sujetar entre sus manos. Lo que observa a lo lejos no le basta y no es capaz de permanecer quieto, sino que se ve impulsado por la angustia de asirlo todo y prefiere acercarse. Imagina que si el azul del agua parece tan fresco desde tan lejos, mucho más deberá serlo si es capaz de llegar hasta él. Entonces desea estar ahí —pues, recordemos, estar no es más que otra forma de tener—. Decide recortar distancias y bajar desde el camino hasta la playa, pero al llegar a la arena se da cuenta de que el color ha desaparecido y que en la orilla del mar sus pies se cubren una y otra vez por olas diluidas, de un agua totalmente huera. Sigue sin comprender. Continua avanzando. Se adentra un poco más, hasta que el mar lo rodea por la cintura y, al mirar hacia abajo, comprueba decepcionado que el azul turquesa ya no está en la superficie del agua, sino que se ha trasladado al fondo. Desesperado se sumerge, nada mar adentro intentado darle caza y entonces mira a su alrededor: ahora es un azul marino el que envuelve por completo su cuerpo y, sin embargo, tampoco alcanza a tocarlo. Se da cuenta de que entre el mar y él existe un espacio imposible, transparente e insalvable. Y ahí mismo, bajo el agua, es cuando finalmente entiende el espejismo y comprende la naturaleza de la distancia. Pero ya es tarde y no tiene a donde ir. Se ha quedado sin aire y se ha ahogado a sí mismo.
Demasiada es la gente impulsiva que así se hunde y pocos los que saben permanecer en la orilla, observando con serenidad. Éstos últimos son los sensatos, los reflexivos; unos cuantos que entienden que las ilusiones de la distancia —lejos de ser decepcionantes— son las más emocionantes, y comprenden que el verdadero desengaño se da en la proximidad. Son tan sólo unos pocos los que todavía no han perdido el gusto por lo lejano y aún confían en la distancia para llenarlos de paz. [2018]