Mexican Black



   Sculptor Eduardo Chillida used to say his Basque Country is made of a black light —particular to that place and its people— and a darkness that he wanted to portray in his work. He also said that light is totally opposite to the one from the Mediterranean, always so white and luminous. To him, Greece gave the impression of being born out of the physical light of the Aegean Sea, and he thought that clarity was what led the Greek man to discover his own light: that of reason and criticism.

   I am not European, but I believe in the light Chillida spoke about: the one each man projects from within. I believe in it because I have seen it in many places—in the Mediterranean, Northern Europe and elsewhere— and I have always known none of those lights are exactly like mine. In North America, Europe or Russia, darkness has a  thinness to it, a certain elegance, such as the northern air's, which is always so sharp. I believe men from the north get their gloominess from that faint breeze, as well as from the cold whiteness that keeps them company for months and is so familiar to them. That black light is characteristic of the white man, that is why black from Chillida's work feels so similar to Serra or Soulages.

   When it comes to Mexico there is a superficial belief —which permeates both local and foreign imagination— that regards it as a place colored to exhaustion, bursting with life and overflowed by the cheerfulness of its people. I am, however, convinced of the opposite: Mexico is an implacable place, that knows no mercy and where life is worth nothing. Mexico is not colorful, Mexico is black because of color and Mexicans also shine with a black light, completely different from any other.

   That black comes from the shadows in the desert, from the night among the jungle, from the Pacific Ocean depths. It is a black produced by variety, not monotony; a mixed black, born out of colors, like a mole, a salsa or a chocolate. Such is our black, warmer and more solemn, but fiercer too. To verify this, one only needs to take a look at the ingredients on a metate, a painting by Siqueiros, the decoration on a box of Olinalá or the typical sarape. In between the colored motifs —in all that deliberately free space— black presents itself discretely, as in the background, but always alowing our darkness to show its face.

   If color has turned into a palpable construction and internal contradiction in our country is because we Mexicans have not been able to reconcile with ourselves and let us be guided confidently by our own light. As we assimilated the Spanish language, catholicism, democracy, capitalism, digital technology and many other ideas, we have conceded to live under perplexity for centuries; despite knowing our spirit has never been fully compatible with anything created under a strange light—as dazzling and magnificent as it may seem. That is why we still dress everything in colors, to distract others—and ourselves— from our inner darkness; from that somber spirit who makes us always solemn before death and never towards life.

      And yet, in spite of all the external influences and our own stubborness to adopt those other worlds of supposed virtue, our black light has not turned off. It still shines and ocassionally twinkles, but it is us Mexicans who need to point it towards the surface if we want to project our true identity once again.

   Consequently, my work can't do anything else but obey my mexican light and let black speak freely. I do not pretend to dress anything in color with my paintings, but to let them summon our darkness and reveal it unapologetically. In doing so I hope they will, someday, help the reconciliation with our light, our spirit and our Mexican Black.



Negro Mexicano



   El escultor Eduardo Chillida decía que su País Vasco está hecho de una luz negra —particular de ese lugar y de su gente— y de una oscuridad que él quiso reflejar en su obra. Decía también que esa oscuridad es totalmente opuesta a todo lo mediterráneo que, en cambio, posee una luz blanca y luminosa. Para él, Grecia daba la impresión de haber nacido de la luz física que hay en el Egeo y pensaba que esa claridad era la que había llevado al hombre griego a descubrir su propia luz: la de la razón y la crítica.

   No soy europeo, pero creo en la luz de la que hablaba Chillida: esa que proyecta el hombre desde su interior. Creo en ella porque la he visto en muchos lugares —en el Mediterráneo, en el norte de Europa y otros más— y siempre he sabido que ninguna de ellas es mi luz. En Norteamérica, Rusia o Europa, la oscuridad tiene una ligereza, una cierta elegancia, como la del aire septentrional que es tan fino. Pienso que al hombre del norte la lobreguez le viene de esa brisa tenue, así como de la noche invernal que le acompaña durante meses y le es tan familiar. Esa luz negra es propia del hombre blanco, por eso el negro de Chillida, de Serra o de Soulages se parece tanto.

   En lo que respecta a México existe la creencia superficial —que domina por igual el imaginario nacional y extranjero— de ser un lugar colorido hasta el hartazgo, rebosante de vida y desbordado por la jovialidad de su pueblo. Yo estoy convencido de lo contrario: México es un lugar implacable, que no conoce la piedad y donde la vida no vale nada. México no es colorido, México es negro a partir del color; y los mexicanos brillamos también con una luz negra completamente distinta a cualquier otra.

   Ese negro surge de las sombras en el desierto, de la noche que asoma entre la selva, de la profundidad del Pacífico. Es un negro producto de la variedad, no de la monotonía; un negro de mezcla, que se origina de los colores, como en el mole, las salsas o el chocolate. Así es nuestro negro: más cálido y más solemne, pero también más feroz. Para comprobarlo sólo hace falta observar la molienda de ingredientes sobre un metate, una obra de Siqueiros, la decoración en una cajita de Olinalá o un simple sarape. Entre los motivos de color —en esos espacios deliberadamente reservados— el negro se hace presente, con discreción, como en un segundo plano, dejando siempre entrever nuestra oscuridad.

   Si el color se ha vuelto una construcción manifiesta y una contradicción interna de nuestro país es porque los mexicanos no hemos sabido reconciliarnos con nosotros mismos y guiarnos confiados con nuestra propia luz. Al asimilar la lengua castellana, la religión católica, la democracia, el capitalismo, la digitalización y tantas ideas ajenas, nos hemos condenado a vivir en desconcierto durante siglos, aun a expensas de saber que nuestro espíritu, sencillamente, nunca ha sido compatible con todo lo creado bajo otra luz —por deslumbrante y magnífica que parezca. Así, los mexicanos seguimos vistiendo todo de colores y distrayendo a los demás —como también a nosotros mismos— de nuestra oscuridad interior; del espíritu sombrío que a todas horas nos vuelve solemnes ante la muerte y nunca ante la vida.

   Y sin embargo, muy a pesar de las embestidas del exterior y de nuestra insistencia por adoptar esos otros mundos de supuesta virtud, nuestra luz negra nunca se ha apagado. Permanece encendida y se deja ver intermitentemente entre nosotros, pero somos los mexicanos quienes debemos apuntarla hacia la superficie si queremos proyectar de nuevo nuestra auténtica identidad.

   Mi obra, por tanto, no puede hacer otra cosa que obedecer a mi luz mexicana y dejar al negro hablar con libertad. Con ella no pretendo vestir nada de color sino invocar nuestra oscuridad y revelarla con descaro. Es mi esperanza que así, algún día, sirva también a la reconciliación con nuestra luz, nuestro espíritu y nuestro Negro Mexicano.

 

2017