On Distance



We have lost the taste for perception. We want to see everything, with the greatest clarity, and not miss a single detail. Energy, transportation, mobility, information, connectivity, speed, resolution, zoom: these days everything is an effort to bring things closer, as if distance had suddenly become the enemy.
At beginning of this 21st century not having everything at hand is a sign of backwardness and a reason to be ashamed, and not knowing everything for certain is also frowned upon or “badly seen.” However, we forget that everything which is seen badly or incorrectly always leads to a potentially new idea, precisely because that idea is the result of a free interpretation. We choose to ignore that simple observation, with all its known limitations, can be much richer than experimentation; and that our sight, as imperfect as it is, invites our imagination, while every other complete experience, by means of its inherent process of verification, ends up beating all possible fantasy.
But isn’t it true that the fog inspires a greater mystery when we observe it from the foot of a mountain than when we walk to the top and can hardly perceive it as a faint mist? Is it not true that when we get to the top, what we were interested in is no longer there and what then intrigues us is, once again, in the distance, in the enormous distance that can be covered from our new elevated position? And if we look at the sea when we travel by road along the coast, isn't it true that only from a distance can we appreciate all the shades of blue that depth and light can project on the surface of the water, and that if we stand on the beach that monochrome rainbow mixes suddenly in a single marine hue?
The battle between imagination and reality has the ability to both amaze and disappoints us, as a constant irony that we inevitably witness every time we compare what we perceive with what we know. The vast majority of people don’t know how to behave when they face such contradiction. They get confused by what they admire with their eyes but cannot hold in their hands, and what they observe from afar is not enough to amend their poverty of mind. These people are not able to remain still, but are driven by the anguish to encompass everything. They seek to get as close as they can, either physically or through simulation with screens, lenses, cameras and other devices that they build themselves in order to transform the concept of proximity into a constant feeling.
That kind of dissatisfied person believes that if the blue of the sea is so bright from so far away, much more should it be if he is able to reach it and gets to bathe in its waters. And he always want to be there, because being is simply another way of having. He believes it is best to cut distances and, while looking at the sea from a distance, choses to go down the road that leads to the beach. But when he reaches the shore, distance grants him the first lesson: standing on the sand his feet are covered time and again by diluted waves of colorless water. He realizes the blue has disappeared and, although he doesn’t fully comprehend the illusion, he continues to move forward with the hope of grasping some of it. And so he goes a little further, until the sea surrounds him around the waist, and when he looks down he notices with great disappointment that the turquoise blue he saw from the road is no longer on the surface of the water, but has now moved to the bottom. Even more desperate now he swims offshore and dives trying to hunt down the elusive blue. Suspended among the waters, floating weightless, he stops and looks around: now it’s a different shade of blue, a deeper and darker one, that surrounds his body from all possible angles. Up, down, left and right are blue. He extends his arms, shakes them stirring the water and stretching them as much as he can, but he fails one more time to touch that new color he was chasing. And it’s right there, underwater and completely alone, when he finally understands the warning that distance wanted to give him from the beginning. But it’s too late now and he has nowhere to go. In the middle of the sea he has run out of air and has drowned himself.
Every insatiable and possessive man travels the distance in vain only to realize that between here and there exists an impossible space made of an insurmountable void. Too many impulsive people drown by this same impertinence, while only a few know how to remain on shore, observing quietly, appreciating the reward that distance is willing to give them in exchange for their respect, for staying still and not going after it. Only the cautious people, as indispensable as they are scarce nowadays, know about the importance of space and its conservation. Only they understand that what stays at a distance is something to gain, because true disappointment often comes with proximity. These people have in their hands that real and imaginary space, as mysterious and extraordinary as we want it to be, which is always available to be observed, but never to be touched.



Sobre la Distancia



Hemos perdido el gusto por percibir. Queremos verlo todo con la mayor nitidez y sin perder detalle. Energía, transporte, movilidad, información, conexión, velocidad, resolución, zoom: hoy todo es un esfuerzo para acercar, como si la distancia fuera el enemigo.
En este comienzo de siglo no tener todo a mano es señal de atraso o motivo de vergüenza, y no saber todo con certeza también está mal visto. Pero olvidamos que lo mal visto nos conduce siempre hacia una idea distinta, potencialmente novedosa, justamente por haber sido fruto de una libre interpretación. Preferimos ignorar que la simple observación, con todas sus limitaciones, puede ser mucho más rica que la experimentación; y que la vista, tan imperfecta como es, invita y abre paso a la imaginación, mientras que la experiencia completa, por su proceso de comprobación, termina por vencer a toda fantasía.
¿O acaso no es cierto que la niebla inspira un mayor misterio cuando la observamos desde el pie de una montaña que cuando caminamos hasta la cima y a penas se percibe como una ligera bruma? ¿No es verdad que al llegar arriba lo que nos interesaba ya no está y lo que entonces nos intriga se encuentra, una vez más, a lo lejos, en la enorme distancia que se puede abarcar desde nuestra nueva posición elevada? Y si observamos el mar cuando viajamos por carretera a lo largo de la costa, ¿no es cierto que sólo desde la distancia podemos apreciar todos los tonos de azul que la profundidad y la luz saben proyectar sobre la superficie del agua, y que si nos colocamos a pie de playa todo ese abanico monocromático se mezcla repentinamente en una sola tonalidad marina?
La batalla que libran imaginación y realidad nos maravilla y decepciona por igual, en una constante ironía de la que inevitablemente somos testigos cuando contrastamos lo que percibimos y lo que sabemos. Y la gran mayoría de las personas no sabe cómo comportarse frente a tal contradicción. Se confunden ante aquello que admiran con los ojos pero no pueden sujetar entre sus manos, y no les basta lo que observan desde lejos para enmendar su pobreza de ánimo. No son capaces de permanecer quietos, sino que se ven impulsados por la angustia de abarcarlo todo. Buscan acercarse lo más que pueden, ya sea físicamente o mediante la simulación con pantallas, lentes, cámaras y otros artefactos que ellos mismos construyen para hacer de la proximidad una sensación constante.
Esa clase de individuo insatisfecho cree que si el azul del mar es tan brillante desde tan lejos, mucho más deberá serlo si es capaz de llegar hasta él y bañarse en sus aguas. Desea siempre estar ahí, pues estar no es más que otra forma de tener. Cree que lo mejor es recortar distancias y al ver el mar en lejanía opta por bajar por el camino que va hasta la playa. Pero al llegar a la orilla la distancia le da su primera lección: sobre la arena sus pies se cubren una y otra vez por olas diluidas, de un agua totalmente huera. Se da cuenta que el azul ha desaparecido y, aunque no comprende del todo la ilusión, continúa avanzando con la esperanza de atraparlo. Se adentra un poco más, hasta que el mar lo rodea por la cintura y mirando hacia abajo comprueba, decepcionado, que el azul turquesa que veía desde la carretera ya no está en la superficie del agua, sino que se ha trasladado al fondo. Desesperado nada mar adentro y se sumerge intentando darle caza. Soportado por las aguas, ingrávido, se detiene y gira para ver todo a su alrededor: ahora es un azul marino y profundo el que envuelve su cuerpo por todos lados. Arriba, abajo, izquierda y derecha se pintan de azul. Extiende sus brazos, los agita revolviendo el agua y se estira lo más que puede, pero tampoco logra tocar aquel nuevo tono que perseguía. Y es ahí, estando solo, bajo el agua, cuando por fin comprende la advertencia que desde un principio le hacía la distancia. Pero ya es demasiado tarde, ya no tiene a dónde ir. En mitad del mar se ha quedado sin aire y se ha ahogado a sí mismo.
El hombre insaciable y posesivo recorre inútilmente la distancia para al final darse cuenta que entre aquí y allá existe un espacio imposible, hecho de un vacío insalvable. Es demasiada la gente impulsiva que se hunde por la misma impertinencia y contados los hombres y mujeres que saben permanecer en la orilla, observando con serenidad, apreciando la recompensa que les otorga la distancia a cambio de respetarla y no ir tras de ella. Solo los individuos sensatos, tan indispensables como escasos hoy en día, saben de la importancia del espacio y de su conservación. Solo ellos entienden que con la distancia siempre hay más por ganar que por perder, y que el verdadero desengaño se da a causa de la proximidad. En sus manos está ese espacio real e imaginario, tan misterioso y extraordinario como nosotros queramos que sea, que está siempre disponible para observar pero nunca para tocar.