The Line



    A line is not concerned with connotation, on the contrary, it is deliberately succinct and completely literal. A line can be straight or it can be tangled, it may describe a clear path of be hard to follow, but it will inevitably guide perception from a beginning to an end. It is with such directness that it speaks about itself.

   My lines intend to follow that narrative, pay attention to what we look at while we are looking and turn perception into a conscious process. In other words their purpose is, simply, to make perception be perceived.


    A una línea no le ocupa la connotación, por el contrario, es deliberadamente concisa y completamente literal. Una línea puede ser recta o estar enredada, puede dibujar un camino claro o ser difícil de seguir, pero inevitablemente guiará la percepción desde un principio hasta un final. Es a través de esa franqueza como habla de sí misma.

   Mis líneas pretenden seguir dicha narrativa, prestar atención a lo que se mira mientras se está mirando y convertir la percepción en un proceso consciente. En otras palabras, su propósito es simplemente el de hacer percibir la percepción.




Portraif of a Line, 2017

Negro Mexicano



    Sculptor Eduardo Chillida used to say his Basque Country is made of a black light, particular to that place and its people, and a darkness that he wanted to portray in his work. He also said that light is totally opposite to the light from the Mediterranean, which is white and luminous. To him, Greece gave the impression of being born out of the physical light from the Aegean Sea, and thought that clarity was what led the Greek man to discover his other light, that of reason and criticism.

   I am not European, I am Mexican, but I believe in the light Chillida spoke about, the one a man projects from within. I believe in it because I have seen it in many places—at the Mediterranean, in northern Europe and elsewhere—and I have always known none of those lights are exactly like mine. In Europe, Russia or North America, black has a certain thinness, a certain elegance, like the northern air. I believe men from the north get their gloominess from that light wind, as they do from the cold whiteness that makes them company for months and is so familiar to them. That is why Chillida's black looks so similar to that of Serra or Soulages, because theirs is the black of the white man.

   As a Mexican I can say our light inclines also towards black, yet its darkness is very distinctive and particular. Mexico is made of another tone of black, warmer and more solemn, but fiercer too. It is different because its origin is diverse as well. Ours is the black of the shadows in the desert, of the night among the jungle, of the depths in the Pacific Ocean. It is a black made from variety, not monotony; a black with ingredients; a mixed black, like a mole, a salsa or a chocolate; a black that doesn't come from white, but from color. Such is the black that constitutes our Mexican light.

   There is a belief—which permeates both Mexican and foreign imagination— that Mexico is a place bursting with life, colored to the extreme by the cheerfulness of its people. I believe it to be the complete opposite. The lure that Mexico can provoke comes from its ruthless nature, from being a place that holds mercy for nothing and for no one. The reason why it is so often associated with life is, precisely, because Mexico is like life, implacable and atrocious. But Mexico is not colorful, Mexico is black because of color. Mexicans dress everything in colors to distract ourselves—and others— from our true inner darkness, from the spirit that makes us at all times solemn with death and never with life. Color is both our construction and our contradiction. To verify this, one only needs to take a look at a box of Olinalá, a 'metate' while being used, a painting by Siqueiros or a classic 'sarape.' Between the motifs—filling all the free space untouched by color—darkness is never missing because, in Mexico, color obeys a single order: Summon the spirit of black.

   The cause of this contradiction is evident: We Mexicans have never been able to reconcile with ourselves and accept the guidance of our own light. To assimilate the Spanish language, catholicism, revolution, democracy, capitalism, and many other ideas, has lead us to live in complete perplexity for centuries. This is simply because our spirit has never been fully compatible with anything coming from strange lights—as dazzling and magnificent as they may seem.

   However, the spirit of Mexico has not left us. In spite of everything external it still remains, presenting itself discretely, in the background. But it is us, Mexicans, who need to bring it up again to the surface if we want to support our identity on our true identity. That is why I decided to start working on a series of paintings that reveal our inner darkness unapologetically.

   Those paintings do not intend to dress anything up, but to put color at the service of black and show what has always been under the clothes. They are meant to be a reconciliation—my reconciliation— with our spirit, our light, and our own black, the Mexican Black.


   El escultor Eduardo Chillida decía de su País Vasco que está hecho de una luz negra, propia de ese lugar y de su gente, y de una oscuridad que él quiso reflejar en su obra. Decía también que esa oscuridad es totalmente opuesta a todo lo mediterráneo que, en cambio, posee una luz blanca y luminosa. Para él, Grecia daba la impresión de haber nacido de la luz física que hay en el Egeo y pensaba que esa claridad era la que había llevado al hombre griego a descubrir su otra luz, la de la razón y la crítica.

   Yo no soy europeo, soy mexicano, pero creo en la luz de la que hablaba Chillida, esa que proyecta el hombre a partir de su interior. Creo en ella porque he visto la de muchos lugares—la del Mediterráneo, la del norte de Europa y otras más— y siempre he sabido que ninguna de ellas es mi luz. En Europa, Rusia o Norteamérica, la oscuridad tiene cierta ligereza, cierta elegancia, como el aire septentrional, que es más fino. Pienso que al hombre del norte la lobreguez le viene de ese viento frío, así como del blanco invernal que le acompaña durante meses y le es tan familiar. Por eso el negro de Chillida, Serra o Soulages se parece mucho, porque el suyo es el negro del hombre blanco.

   Como mexicano puedo decir que nuestra luz tiende también al negro, sin embargo su oscuridad es muy distinta y particular. México está hecho de otro tono de negro, uno más cálido y solemne, pero más feroz. Es un negro diferente porque su origen también lo es. El nuestro es el negro de las sombras en el desierto, el de la noche entre la selva, el de la profundidad del Pacífico; es el negro que produce la variedad, no la monotonía; es un negro con ingredientes, un negro de mezcla como el del mole, las salsas o el chocolate; es un negro que no surge del blanco, sino del color. Así es el negro que constituye nuestra luz mexicana.

   Existe la creencia—que domina superficialmente el imaginario colectivo nacional y extranjero— de que México es un lugar lleno de vida, coloreado hasta el hartazgo por la jovialidad de su pueblo. Yo estoy convencido de todo lo contrario. El encanto de México está en su carácter inmisericorde, en ser un lugar donde no existe piedad por nadie ni por nada. Si se le asocia tanto con la vida es, precisamente, porque México es como la vida, implacable y atroz. Pero México no es colorido, México es negro a partir del color. Los mexicanos vestimos todo de colores para distraernos—y distraer a los demás— de nuestra verdadera oscuridad interior; del espíritu que a todas horas nos vuelve solemnes con la muerte y nunca con la vida. El color es nuestra construcción y nuestra contradicción. Para comprobarlo no hay más que mirar una cajita de Olinalá, un metate durante su uso, una obra de Siqueiros o un sarape. Entre sus motivos—entre los espacios que dejan libres los colores— nunca falta la oscuridad porque, en México, el color siempre obedece la orden de invocar al espíritu del negro.

      El motivo de esta contradicción es evidente: los mexicanos nunca hemos sabido reconciliarnos con nosotros mismos y guiarnos con nuestra propia luz. Asimilar la lengua castellana, la religión católica, la revolución, la democracia, el capitalismo, y tantas otras ideas, nos ha llevado a vivir durante siglos en desconcierto. Esto se debe, sencillamente, a que nuestro espíritu nunca ha sido compatible con todo aquello creado bajo las luces ajenas—por más deslumbrantes y magníficas que parezcan.

      Y sin embargo el espíritu de México no nos ha dejado. A pesar de las embestidas del exterior aún permanece, pero somos nosotros, los mexicanos, quienes debemos traerlo de nuevo a la superficie si queremos construir nuestra identidad a partir de nuestra verdadera identidad. Es por eso que decidí comenzar a trabajar en una serie de obras diferentes, que revelen nuestra oscuridad con descaro.

   Esas obras no intentan vestir nada de color, sino poner el color al servicio del negro para mostrar lo que siempre ha estado bajo las ropas. Esas obras son una reconciliación—mi reconciliación— con nuestro espíritu, con nuestra luz y con nuestro propio negro, el Negro Mexicano.




Negro Mexicano, 2017

Berjon x Banazi



    Diego Berjon and Kate Banazi collaborate from opposite corners of the world—Barcelona and Sydney— as a way to free their work from personal restraints. They have been doing so since 2014 and have always found the results to be both random and unexpected. This ongoing series documents the conversation between two artists working in the distance with absolute respect and blind trust. To this day Diego and Kate have never met.


   Diego Berjon y Kate Banazi colaboran desde rincones opuestos del mundo—Barcelona y Sídney— como método para liberar su trabajo de restricciones personales. Desde que empezaron a hacerlo, en 2014, el resultado de su trabajo ha sido siempre fortuito e inesperado. Esta serie de obras documenta la conversación entre dos artistas trabajando en la distancia con absoluto respeto y confianza ciega. Diego y Kate no se conocen en persona.




Collaborative works, 2014 — 2017